Texto publicado
en el catálogo Esther Ferrer , Del acción al objeto y viceversa
editado con motivo de la exposición que con el mismo nombre se
celebró en el Koldo Mitxelena Kulturunea de San Sebastián
del 4 de Diciembre de 1997 al 4 de Febrero de 1998.
Lo necesitaba para una performance que tenía que hacer Esther Ferrer
en Madrid. Busqué en El Rastro, en las ferreterías de la
calle Toledo, y acabé dando con él en una de la calle de
Atocha tan vieja como sus enguardapolvados dependientes. El martillo tenía
que ser grande, con mango redondo y con uno de sus extremos curvado, de
esos que se bifurcan para sacar clavos. No valían todos; según
me dijo Esther, el que ella quería tenía que quedar inclinado
hacia delante y si tenía alguna duda no tenía nada más
que probarlo. Y lo hice, claro. Era lo más normal del mundo probar
un martillo colocándomelo en la cabeza.
Un año antes, había escrito que la relación que establece
Esther con los objetos puede ser de cualquier índole menos indiferente.
Era a propósito de la definición duchampiana del readymade
como un objeto ante el que no podemos mostrar nada más que indiferencia,
en el sentido de que no remite a ninguna idea preconcebida del arte. Esther
Ferrer se sitúa en el polo opuesto de esta normativa que se impuso
Duchamp. Para éste, la transgresión no va más allá
del objeto artístico, el artista es el que decide cuándo
una cosa es arte y cuándo no, pero éste sigue siendo ante
todo un arte objetual. Esther, en cambio, parte de la desmitificación
del objeto artístico remitiéndolo a su funcionalidad, a
su papel instrumental, en un ejercicio sin precedentes de hacer de él
un útil al servicio de una práctica artística que
se define con la "presencia", con la acción espacio-temporal.
Fue en la fiesta que Esther organiza todos los años en Navidad
y que solemos llamar coloquialmente como la de los "sin familia".
Lo reconocí al instante, era de color ámbar, de una transparencia
que no había podido imaginar. No podía ser otro; me sentía
feliz de poder demostrar que aquella sombra de Tu m’… -el
cuadro que Duchamp realizó en 1918 para la biblioteca de los Dreier-
era la proyectada por un sacacorchos como aquel. Que yo sepa, nadie ha
averiguado todavía el paradero de ese sacacorchos cuya sombra aparece
en el cuadro junto a las de sus más conocidos readymades. Lo divertido
de esta historia es que fuera en casa de Esther, a la que nunca he logrado
convencer de mi idea sobre la transparencia buscada por Duchamp para romper
con la opacidad del bloque cubista, donde, por azar, llegué a identificar
el sacacorchos.
Esta anécdota me confirma que los objetos elegidos por Duchamp
no eran por tanto tan indiferentes artísticamente hablando como
él quería hacer creer. Muchos de ellos son estructuras simétricas
en franca oposición al juego de asimetrías puesto en marcha
en obras tan paradigmáticas del cubismo como la "Cabeza de
caballo" de Duchamp-Villon. Allí el espectador tiene que rodear
la escultura para aprehender la forma en su totalidad. La evidencia formal
de readymades como el botellero, el perchero o la rueda de bicicleta hace
innecesario este rodeo. El propio sacacorchos, como objeto traslúcido
que permitía ser visto en todas sus dimensiones desde un solo ángulo,
era una prueba más a mi favor.
Las dificultades que tuvo Duchamp para encontrar nuevos readymades contrasta
con la proliferación de objetos en el arte de hoy. Para él
supuso, ante todo, una ruptura consigo mismo frente a las reminiscencias
que arrastraba del cubismo. Pero mi interés por la obra de arte
y sus secretos -mi posición de espectadora que se interroga sobre
ella más allá de su forma- no es algo que afecte a Esther
Ferrer. Su postura desmitificadora le impide caer en este juego de especulaciones
historicistas.
La acción
Duchamp puso en sintonía la dualidad hombre-máquina con
la que se definió la modernidad. La era de la máquina -la
que sorprendió a dadaístas, futuristas, constructivistas,
etc.-, con sus emblemáticos coches y aviones, sigue proyectándose
sobre nosotros a través del ordenador. Cuando éste narra
las impresiones de su primer viaje en automóvil, en compañía
de Picabia, nos está dando más claves sobre el readymade
que muchas otras especulaciones que se hayan podido hacer sobre el origen
de este concepto artístico que ha originado una de las mayores
transformaciones estéticas del siglo. El automóvil fue quizá
para estos artistas lo que el tren para los impresionistas. Muchos de
éstos encontraron en la máquina de vapor y en las nuevas
construcciones en hierro motivos suficientes para renovar el imaginario
artístico. Pero mientras que el tren fue para el arte del XIX algo
inseparable de su entorno, de sus monumentales estaciones, de sus viajeros,
de su incursión en el paisaje, el automóvil dejaba de ser
motivo pictórico para convertirse en símbolo de una velocidad
inaprensible, en un apéndice del hombre. El mecanicismo industrial
contribuyó a crear la idea de que se cerraba el capítulo
homo faber de la historia de la humanidad.
La mutación artística generada por Duchamp ha tenido una
honda influencia y una existencia autónoma respecto a las condiciones
tecnológicas que provocaron esta intuición. Sin embargo,
los sesenta fueron años de máquinas muy destructivas, cualquier
ciudad de Vietnam podía ser una nueva Hiroshima y se conocían
muy bien las terribles consecuencias de la bomba atómica. Los sesenta
es la década en la que surge la generación de artistas a
la que pertenece Esther Ferrer, una generación que abandona el
taller no para reemplazarlo por el objeto manufacturado sino para salir
al encuentro con el espectador, para situar la vida como única
posibilidad para la obra de arte.
El happening señalaba el espíritu de la época, así
como el teatro del absurdo. Era la recuperación del espíritu
Dada en un nuevo contexto donde la idea de un público receptor
del mensaje artístico se ampliaba a causa de la producción
del objeto en serie, la difusión masiva de la obra artística
gracias a la televisión y el libro divulgativo. Si en Dada el público
era no sólo provocado sino, frecuentemente, violentado, el happening
sencillamente lo incluye: "En el aire estaba la idea de cambiar el
trinomio espectáculo, espectador, actor", declara Esther Ferrer.
"En la performance, al menos en las mías, no pido nada al
público, y menos aún su participación por la pura
y simple razón de que participa automáticamente, lo quiera
o no. Cuando en un lugar determinado, a una hora dada, hago una performance,
los roles comienzan a confundirse. Es como una trampa. El espectador es
tan performer como yo, incluso si decide marcharse, si llega a "interrumpir"
la performance e incluso sin querer serlo. Forma parte de la acción,
está en el interior". Se podría decir que la abolición
de la dicotomía actor-performer sale al encuentro del espectador
duchampiano para sustraerle sus últimas ilusiones, los residuos
de un usufructo a la hora de atribuir valores estéticos a cualquier
objeto.
Esta inclusión en el espectáculo se relaciona directamente
con el espectador definido por Duchamp en su famoso ensayo El Acto creador,
aquel espectador que "refina" la obra de arte en estado crudo
(l'art brut): "el acto creador no se efectúa por el artista
sólo; el espectador pone la obra en contacto con el mundo exterior
descifrando e interpretando sus características internas, y así
añade su aportación al acto creador ...". Sin embargo,
en la performance, "al coincidir en un tiempo y espacio el espectador
y el artista, las cosas se complican, el rol del espectador cambia sustancialmente
en un juego infinito de posibilidades entre uno y otro lado de este nuevo
acto creador".
El acto creador fue una conferencia escrita en el año 1957 y cinco
años antes, en 1952, John Cage, Merce Cunninghan y Robert Rauschenberg
habían realizado el primer happening de la historia en el Black
Mountain College; en ese mismo año tuvo lugar la primera representación
de la mítica pieza de silencio de Cage, 4'33". En plenos años
sesenta, cuando Cage afirma que las mismas ideas se desarrollan en varios
lugares simultáneamente, está situándonos, al margen
de que ésa fuese su intención, en el centro de un problema
en el que todos parecen cuestionarse la función o el papel del
público, y ya no sólo Duchamp.
La presencia
De la triada con la que Esther Ferrer define la performance, tiempo, espacio
y presencia, es esta última la que nos orienta en esa espiral laberíntica
de la búsqueda de un sentido liberado de las pulsiones de la trascendencia.
Se trata de una empresa de demolición del arte entendido como vehículo
privilegiado de una sustitución. La presencia es el núcleo
principal de una actividad que convierte en ilusoria cualquier tentativa
de proyectar toda acción más allá de la evidencia.
Las primeras intervenciones del grupo ZAJ eran denominadas por ellos mismos
como conciertos (Juan Hidalgo y Walter Marchetti procedían de la
música), pero se situaban en el ámbito genérico de
las acciones o intervenciones -el término de performances vendría
más tarde y el de happenings se colocaba en otro plano de actividad-;
el tiempo y el espacio eran, en ellas, obvio; la presencia también,
pero de otro modo: era ella la que catalizaba la reflexión sobre
las otras. No son tres lados iguales de una figura regular, la presencia
arquea los otros dos parámetros, los fuerza a manifestarse como
un hueco del sentido, como elementos contenedores de un vaciado metódico.
Es el estar desplazando al ser: lo que está dejará de estar,
lo que es tiene vocación de seguir siendo. Las lenguas que no diferencian
estos dos modos del verbo quizás precisen de un rodeo conceptual
para alcanzar análoga comprensión de esta idea.
La ausencia
La militancia por lo efímero que ha manifestado siempre el trabajo
de Esther explica por qué acciones y objetos se realimentan: poner
algo a funcionar es liberarlo de su halo, apresarlo en una de sus posibilidades
y forzarlo a tener un comportamiento definido que termina por banalizar
su inmanencia. No muy distinta es la función de la performer: enunciadora
de su propia temporalidad y de un código de instrucciones que devuelven
al espectador su propia expectativa, sus insaciables deseos de ficciones.
Muchos de los objetos que Esther Ferrer ha expuesto, al margen de sus
performances, son maquetas y series. El material documental, todo aquello
que constituye una huella de sus performances -fotografías, textos,
etc.- le ha retraído siempre: "representar una performance
solamente con la documentación es "disecar" los hechos".
Todo esto conduce hacia una operación de fracturación semántica:
algo que nos envía a otra cosa sin ser signo de ella.
Ésta es una de las claves de Esther Ferrer a la hora de materializar
sus ideas. Una performance de Esther puede contener objetos y, llegado
el caso, se constituyen en piezas de una exposición determinada
-las sillas, por ejemplo-; pero no dicen nada de tal performance, no la
completan ni la enuncian, son objetos mudos, una circularidad sin acumulación
de trascendencia se establece entre los dos ámbitos. Para alcanzar
ese grado neutro de la significación es necesaria una enorme disciplina,
es ahí donde su trabajo ha desbordado la trayectoria de ZAJ. Frente
a la superación de la trascendencia, que constituyó el principal
activo del histórico grupo, la labor de Esther Ferrer ha alcanzado
una nueva etapa que le permite poner a funcionar mecanismos dinámicos
fríos. Para ello, hace falta poseer una aguda conciencia de la
deriva semántica de los objetos, o mejor sería decir de
la deriva de las ansias de significado del público ante los objetos.
La presencia es otra forma de objeto. En sus performances la presencia
invoca operaciones de sentido inmediato, la comprensión del ahora
inhibe impulsos de proyección que precisan de un origen y un destino
para cualquier operación de significación. Con ello, el
espectador mismo deviene otro objeto, una presencia referida a los parámetros
espacio-temporales reales de la performance: "Yo soy el espectáculo
del espectador, pero él, por su parte, no sólo es mi propio
espectáculo sino también el espectáculo de todo el
resto de la audiencia". La instalación de pared Mírame
o mírate con otros ojos ejemplifica fielmente esta forma de entender
la performance conducida al plano objetual, así como el proceso
de su superación. Consta de un díptico, mitad espejo, mitad
autorretrato fotográfico, rodeado de un marco con clavos de los
que cuelga con cadenas un buen número de gafas. El espectador puede
o no servirse de ellas para mirar con esos "otros ojos" pero,
tanto si lo hace como si no, seguirá siendo espectador tanto de
la obra de arte como de sí mismo. Con instalaciones de este tipo,
Esther Ferrer ataca su propia regla de la presencia, de la suya en todo
caso; la propuesta implica exclusivamente a quien quiera integrarse en
un círculo de evidencias que difícilmente irán más
lejos que lo que la propia pieza propone: mirar-mirarse.
Un universo sin ficciones
No es posible que Esther Ferrer se haga ilusiones sobre la enorme tarea
de alcanzar un ámbito cultural libre de ficciones: "Si la
utopía es el lugar del abrigo total, la performance es todo lo
contrario". Este espacio áspero de la performance que nos
propone es el lugar en el que se verifica una depuración y no puede
conducir más que a un despojamiento de la realidad. El abrigo es
una enésima estrategia de la ficción y proporciona una trayectoria
temporal que, por su propia naturaleza, reconforta, crea un origen, "casi
como un seno materno" que se proyecta hacia la aspiración
máxima de la fabulación: la utopía.
Consecuentemente, hacer performances para Esther es salir del abrigo de
la ficción, pero ésta es una tendencia casi gravitatoria
de la personalidad en el ámbito occidental y el valor estético
es una de sus manifestaciones. La metamorfosis duchampiana ha sido ampliamente
invertida a causa de esta inercia. La tendencia a atribuir valor estético
-como la de atribuir valor mágico- a los objetos está profundamente
arraigada. El simple cambio de paradigma objetual, a lo Duchamp, no elimina,
ni siquiera reduce, esta presión, como lo muestra la práctica
artística de esta última década.
Frente a esto, Esther Ferrer propone una labor cotidiana que puede, también,
manifestarse como una ausencia: "Siéntese en una silla y permanezca
sentado/a hasta que la muerte los separe." Esta fórmula matrimonial
invita, desde luego, a no significar la relación con un objeto;
pero también nos indica que esa negación del significado
es una labor proyectada en el tiempo, es activa puesto que, en cualquier
momento, la voluntad negadora puede flaquear. El riesgo es constante de
que la presencia derive hacia la necesidad autojustificadora y caiga en
la narración reconfortante. Para evitarlo, la profilaxis consiste
en la diversificación de líneas de trabajo que articulen
cotidianamente la negación de las trampas de la ficción.
Performar
objetos
Estamos
ante una de las personalidades esenciales en el terreno de la performance.
La pureza de su concepción y el rigor en su ejecución convierten
a Esther Ferrer en una de las grandes protagonistas de esta disciplina.
Pero además de la acción, existen los objetos, principal
fuente de malentendidos a la hora de ejercer una práctica que se
aparta de la ficción. ¿Cuál es la relación
entre objetos y performances en sus propuestas? ¿Cómo conseguir
a través de éstos la emancipación de las estrategias
narrativas subyacentes? Según Octavio Paz, una pintura desprovista
de contenidos metapictóricos y que, por tanto, sólo se representa
a sí misma constituye "una presencia realmente invisible",
pero invisible no significa inexistente. No obstante, en el ámbito
de la representación es imposible ir más allá de
lo invisible y a la actividad artística no le es dado escapar de
la representación más que a riesgo de caer en una nueva
utopía.
Lo
invisible es, pues, el ámbito máximo de la actividad objetual
de Esther Ferrer. El estatuto de sus objetos con relación a sus
performances es, precisamente, el de esa presencia invisible. Al esconder
su propia presencia, provoca que surja la presencia de la del espectador
y le fija obligaciones. En la ausencia de la performer (que, al fin y
al cabo, siempre es potencialmente un guía en el desarrollo de
la acción y puede correr el riesgo de realimentar la pasividad
de ese otro performer que es el espectador), los objetos no pueden ser
otra cosa que inductores de la única reflexión posible:
la que lleva a percibirlos como su propia evidencia y, en consecuencia,
la nuestra..
El
concepto de instalación en las últimas generaciones artísticas
ha tendido a hacer creer que cualquier característica de un objeto
es intencional si
se le rodea de un campo lingüístico o, dicho de otro modo,
de una facultad de significación cuyas premisas nacen, precisamente,
de la voluntad artística de ofrecerlo como instalación.
Es el retorno triunfal de la inversión duchampiana: designar es
ya dotar a algo de un origen, al modo de la oración performativa
"yo te bendigo". Esther Ferrer se enfrenta a esto o, al menos,
camina a contracorriente. Por ello es tan importante la relación
de esos objetos con sus performances sin, por ello, significarlas. Son
autónomos, pero no viven al margen de una presencia, en este caso
la del espectador, ni nacen al margen de otra, la de la performer. Con
ello, consigue que los roles de ambos se hagan intercambiables. Espectador
y artista confunden sus papeles hasta hacer irreconocible el espacio asignado
a cada cual.
Sus
objetos performativos no son ni esculturas, ni cuadros, ni fotografías,
ni vídeos, ni instalaciones pese a compartir características
físicas de todos ellos. Las maquetas pueden indicar trabajos preparatorios,
al modo de los bocetos, pero pueden vivir así (de hecho así
ha sido durante más de veinte años) hasta que su estatuto
de objetos efímeros los destruya. Cuando cobran forma en un gran
proyecto de instalación o en una serie, su relación no es
de consanguineidad, lo uno y lo otro establecen relaciones con el espectador
que no dependen de un trayecto específico entre ellos mismos. Sus
series (Juguetes educativos, Historia de las religiones, Libro del sexo,
etc.) pueden prolongarse "hasta que la muerte los separe" o
detenerse en cualquier momento sin reducir su capacidad de evidencia.
Ante
estos trabajos, el espectador se ve librado al ejercicio más alto
y complejo al que le puede someter el arte contemporáneo: la ausencia
de una ficción, algo que ya había sido escrupulosamente
explorado por ella en el ejercicio de sus performances pero que, hasta
ahora, nadie ha analizado como es debido en estas propuestas objetuales.
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