Texto del catálogo personal de Esther Ferrer , publicado con ocasión de la Bienal de Venecia de 1999.
"De
modo que sin duda hice bien, en fin bastante bien no moviéndome
de mi puesto de observador. Pero en vez de observar tuve la flaqueza de
volver mentalmente hacia el otro, hacia el hombre del bastón. Entonces
se dejaron oír de nuevo los murmullos. Restablecer el silencio,
éste es el papel de los objetos"
(SAMUEL
BECKETT, Molloy)
"A
eso es a lo que se reduce la historia, creo. A una serie de oportunidades
perdidas. Teníamos todas las piezas desde el principio, pero nadie
supo encajarlas"
(PAUL
AUSTER, El Palacio de la Luna)
Sentada
sobre una silla y guardando un escrupuloso silencio, Esther Ferrer deposita
un objeto sobre su cabeza. Sin realizar gesto expresivo alguno, lo mantiene
durante un tiempo indeterminado en equilibrio. Se trata de un objeto fácilmente
reconocible y cotidiano. Casi nos atreveríamos a decir que banal.
Su utilización no responde a ningún tipo de requerimiento
simbólico. Tampoco a fetichismo o a cualidad estética alguna.
La intranscendencia que destila el mismo es absoluta, aunque no menos
que cualquiera de nuestras más sagradas ideas o hábitos.
Transcurrido unos minutos, el objeto es retirado y sustituido por otro.
El proceso se ejecuta en silencio, sin pronunciar palabra alguna.
Mientras
la artista coloca con gran precaución una larga caña encima
de su cabeza, tratamos de encontrar el oculto mecanismo que articula la
selección objetual llevada a cabo, esa secreta dinámica
a través de la cual intentamos descubrir con compulsión
la razón de ser que, desde el lenguaje de la lógica y la
sintaxis de la razón, pueda justificar –siquiera sea de manera
burda y grosera– lo que en verdad es siempre injustificable: la
presencia de unas cosas que, pese a cobrar vida con nuestra presencia,
son plenamente independientes de la misma.
El
esfuerzo resulta baldío. Los objetos se van sucediendo uno tras
otro y los castillos de arena que las ideas construyen se desmoronan precipitadamente
a medida que la artista sitúa aquellos sobre su cabeza. Como consecuencia
de ello, todo queda reducido a polvo. Al respirarlo percibimos que es
el mismo que Marcel Duchamp había acumulado y que John Cage se
había encargado de esparcir sonoramente. En la cabeza de la artista
ambos autores se solapan y entrecruzan. Y lo hacen desde ámbitos
tangenciales. En uno de los múltiples momentos en el que éstos
permanecen superpuestos sobre el ajedrez virtual del pensamiento, un reloj
despertador reposa en precario equilibrio sobre la cabeza de Esther Ferrer.
Su estabilidad es semejante a la que con anterioridad habían alcanzado
martillos y plumas. Tras todos estos objetos, un rollo de papel higiénico
invita a limpiar nuestra mirada. Viendo que no vemos, el tiempo transcurre
en silencio.
Objetos
y polvo, polvo de objetos, ceniza de signos, silencios sin tiempo…
El puzzle va deshaciéndose en nuestras manos mientras intenta ser
encajado. ¿Por qué estos obj…? La pregunta no se encuentra
ni siquiera acabada de formular, cuando la misma se diluye, intentando
esconder su torpeza, en nuestra boca. Juan Hidalgo que, tal y como nos
recuerda Walter Marchetti, había nacido ZAJ, deconstruye desde
la sombra de uno de sus primeros etcéteras la cuestión:
"¿por qué un para qué? ¿para qué
un por qué?". Las preguntas se nos revelan como algo ajeno
a los objetos. Ellas únicamente duermen en nuestra mirada. Sin
embargo, olvidadas del sueño de éstas, las cosas siguen
ahí. Despiertas. Envolventes. Y también sobre la cabeza
de Esther Ferrer.
"Es
muy difícil –comentaba el alter ego de Rrose Sélavy–
elegir un objeto debido a que, al cabo de quince días, uno acaba
apreciándolo o detestándolo. Se debe llegar a una especie
de indiferencia estética. La elección de los ready-made
está siempre basada en la indiferencia así como en una carencia
total de buen o mal gusto". Si partimos de este pretendido desinterés
–y lo hacemos, además, sin caer en la acostumbrada idolatración
del mensaje duchampiano– podremos descubrir hasta qué punto
los objetos habitualmente utilizados por Esther Ferrer participan de un
similar escepticismo expresivo. Debido a la incredulidad plástica
de la que surgen, estos se nos presentan como objetos secularizados y
agnósticos que, impasibles ante desvelos comunicativos de diversa
índole, se encuentran desprovistos de cualquier aura de sacralidad
artística, es decir, de cualquier sentido impositivo en lo referente
a un hipotético y venerable valor de signo transcendental.
Sin
embargo, aunque este hecho caracterice poéticamente una parte importante
de su trabajo (aunque no toda, ya que en algunas ocasiones el uso de determinados
objetos responde a necesidades irónico-constructivas de la propia
obra –pensemos, por ejemplo, en series como Dans le cadre de l’art
o la de los corrosivos Juguetes educativos–) la imperturbabilidad
emocional que las cañas, los martillos, las plumas o los rollos
de papel higiénico exhibidos son capaces de destilar, no debe hacernos
olvidar algo que el propio John Cage –apoyándose en el zen–
había puesto de relieve: "Nos encontramos en una situación
que no coincide con ningún centro, es decir, […] estamos
descentrados. En esa situación, lo que está en el centro
es cada cosa. Hay entonces, sin duda alguna, una pluralidad de centros,
una multiplicidad de centros. Y todos se interpenetran […] Para
una cosa, vivir significa estar en el centro. Ello supone interpenetración
y no-obstrucción". A su vez, también conlleva "la
posibilidad de que sobrevenga cualquier cosa", un hecho éste
que posibilita "la apertura de todo lo que es posible, y a todo lo
que es posible".
Los
objetos, por este motivo, asumen una compleja y ambivalente lectura. Los
mismos carecen de voz, pero sin embargo, nos hablan. Se encuentran desplazados,
pero su lugar es central. Huyen de cualquier sentimentalismo, pero hieren
nuestra sensibilidad. No poseen idea alguna, pero suscitan el alboroto
de las nuestras… Sobre la cabeza de Esther Ferrer reposan, silentes,
durante un tiempo impreciso. ¿Un minuto? ¿Acaso dos, tres…?
Poco importa. Tras atraer nuestra atención, son ocultados y sustituidos
por otros. A rose is a rose is a… La caña es ahora un pequeño
monitor televisivo y éste una bota y ésta un embudo y éste…
La única certeza que disponemos sobre los mismos es la de su excéntrica
centralidad. Mientras no siendo nada lo son todo (o, si se prefiere, mientras
siendo todo son nada), el tiempo continúa transcurriendo lento,
muy lento. Sin embargo, no sabemos hacia dónde. Nuestra única
certeza es la de la perplejidad.
En
el gran libro ZAJ de la forma, dedicado a los "principios básicos
de la composición, de su técnica, de los días favorables
para componer, del almacenamiento y tratamiento de las ideas y de los
48 tipos fundamentales de composición", Walter Marchetti nos
recuerda, entre otras diversas cuestiones, que "después de
una cosa puede que venga otra". Conocedora de este aserto, Esther
Ferrer nos muestra la validez de la apreciación. Lo hace, no obstante,
sin apasionamiento alguno, empleando con elegancia esa impersonal distancia
didáctica con la que Magritte señalaba que la pipa que todos
vemos no es una pipa, ya que lo que vemos tan sólo es pintura,
es decir, lenguaje, simulacro. De este modo una cosa sucede a otra cosa.
Paralelamente, tras un objeto llega otro. El trabajo de Esther Ferrer,
por tanto, se aproxima al de aquellos personajes del relato de Borges
que portaban un enorme saco lleno de enseres. Ello les posibilitaba en
vez de utilizar palabras, sustituir éstas por la exhibición
del objeto al que querían aludir. Sin embargo, a pesar de esta
coincidencia objetual en la que se barrunta una compartida fobia lingüística,
el parangón con el citado relato no debe llevarnos a extraer conclusión
alguna. Conviene, por ello, no precipitarse, ya que no todo resulta tan
aparentemente sencillo. Y no lo es desde el momento en que aquello que
se piensa quizás no sea ni lo que se exhibe ni lo que se dice ni
lo que se calla.
Volvamos
al comienzo. Sentada sobre una silla y guardando un escrupuloso silencio,
Esther Ferrer coloca sobre su cabeza un objeto. Sin realizar gesticulación
expresiva alguna, lo mantiene durante unos instantes en equilibrio. Se
trata, ahora, de un recogedor de polvo. El mismo es manipulado fácilmente,
puesto que su superficie plana y estable posibilita una cómoda
ubicación. Observándolo penetramos en el interior de un
espacio en el que las palabras han desaparecido. Únicamente podemos
enfrentarnos a las cosas y éstas, ya se sabe, son nuestras máscaras.
También nuestros ídolos. Desechadas las palabras, suspendido
el lenguaje, adormecido el sentido, nos quedan las cosas y sus sombras.
Pero éstas últimas no son ya las de la ignorancia. Chuang
Tzu apunta: "El propósito de las palabras es transmitir ideas.
Una vez captada la idea, las palabras quedan olvidadas. ¿Dónde
podría yo encontrar a un hombre que haya olvidado las palabras?
Es con él con quien me gustaría hablar".
Sin
embargo, el tiempo pasa. De poder mantener su conversación, Chuang
Tzu no lo haría ahora con un hombre, sino con una mujer, una mujer
que, de tanto en tanto, deja que sobre su cabeza repose un objeto o que
éste, por ejemplo, protagonice una curiosa metamorfosis a través
de la cual un pequeño –aunque nada inocente– juguete
bélico, se transforma inevitablemente en un hiperfálico
objeto de carácter mucho más didáctico. La constante
utilización objetual a la que nos referimos, genera un permanente
estado de anorexia lingüística y/o de apatía expresivo-sentimental
mediante el que se posibilita la articulación de unos mecanismos
significantes capaces de apuntar hacia cualquier dirección, siempre
y cuando exceptuemos aquella que posee exclusivamente un valor descriptivo.
El trabajo al que nos enfrentamos no es un trabajo asentado ni en la aseveración
ni en la metáfora. El mismo no busca suscitar la cháchara.
Tampoco la digresión. La operación semántica a la
que nos impulsa no es otra que la derivada de la ausencia de intermediación.
Es por este motivo por el que estas obras juegan con la contundencia de
la simplicidad, ese corte con el que se intenta transformar lo discursivo
en la mera incursión de lo obvio.
Desde
esta perspectiva, la producción en solitario de Esther Ferrer se
expande por uno de los meandros surgidos en el interior del inabarcable
delta propiciado por Fluxus, ese área de movimientos y flujos constantes
que conforma una geografía pantanosa y multiforme de islotes cuyos
puntos de contacto se hallan delimitados por las propias diferencias de
su lejanía. A partir de éstas se concretará el encuentro
ZAJ, que si en el intemporal fue siempre una posibilidad –tal y
como tantas veces ha señalado Juan Hidalgo–, en el temporal
fue como un bar en el que, según escribió Walter Marchetti
en uno de los cartones-comunicados editados durante 1966, "la gente
entra, sale, está; se toma una copa y deja una propina". Todo
este entramado de referentes trae consigo que Duchamp y Cage, Fluxus y
ZAJ, el zen y el azar, terminen por entrecruzarse para posibilitar el
naufragio de la unidireccionalidad. En este sentido, la propia artista
reflexionaba sobre ZAJ señalando que éste "no enseña
(no es una escuela) ni niega (tiene otras cosas que hacer) ni afirma (ZAJ
se afirma por sí mismo en tal que él es tal) ni mucho menos
demuestra (ZAJ es indemostrable) ni conquista (los conquistadores le aburren
tanto como los dogmas, los manifiestos, las teorías o las explicaciones
largas) ni destroza (siempre hay quien se ocupa de estas tareas por vocación)
ni provoca (la gente se provoca sola) ni divierte (no pretende sustituir
al circo) ni aburre (aunque como dijo Satie, es más fácil
aburrir que divertir) ni guía (quizá porque tampoco conoce
el camino) ni desembrutece (confía en que cada cual pueda hacer
este trabajo solo) ni entierra (que los muertos entierren a los muertos)".
Teniendo
en cuenta esta apreciación, se puede señalar que Esther
Ferrer asume en su trabajo un cúmulo de influjos a través
de los que se filtra la acción anartística y desarraigada
de una formación plástica en la que el binomio arte-vida
se resuelve de manera no contradictoria, una formación que, recogiendo
las palabras con las que Bonito Oliva alude a Fluxus, se muestra fiel
a ese nuevo espacio físico y mental en donde la belleza de la neutralidad
suscita la afirmación de una forma lenta. A pesar de ello, sin
embargo, no debemos olvidar que la huida consciente de toda descripción
y/o desneutralización que propone nuestra artista, no conlleva
el necesario abandono del sentido. Consiguientemente, los objetos que
utiliza pueden asumir el protagonismo que deseen puesto que, tal y como
ya se ha apuntado con anterioridad, son centro de un discurso poblado
de centros y, por tanto, vacío de centralidad. Los mismos entretejen
un decir indicativo, un decir hecho de señalizaciones mudas y vestigios
reducidos, de testimonios palmarios y exhortaciones no narrativas, de
observaciones escuálidas e indicios desnudos. Un decir que huye
del demostrar, dado que sólo desea quedar circunscrito al mostrar
y que, por ello, se aproxima a ese "Acto de humildad" con el
que el poeta experimental Felipe Boso tituló uno de sus poemas,
un breve texto en el que con su habitual laconismo señalaba: "Llamemos
/ a las cosas / por su nombre: / cosas".
Esther
Ferrer no busca más que establecer una silenciosa elocuencia sustentada
en la contrarretórica, una elocuencia por medio de la cual los
objetos truncan cualquier verbosidad y ahuyentan todo tipo de habladuría.
Menguada la locuacidad, reducida toda fe lingüística, la artista
propicia este proceso compartiendo mediante sus acciones y performances
un espacio (concreto) y un tiempo (presente). Estos elementos se transforman,
pues, en los ejes rectores de una actividad que se desarrolla a través
del contacto, es decir, a través de esa presencia a la que en tantas
ocasiones se ha referido la propia autora. Como consecuencia de ello,
el objeto se convierte en obra, la obra en acción, la acción
en presencia, la presencia en instantaneidad y la instantaneidad en ese
despreocupado estallido de cosas que sólo escriben el transcurso
de una objetualidad que empuja a un ahora vibrante y calmo, repleto y
vacío, luminoso y oscuro.
Un
objeto –ya lo hemos apuntado– nos aproxima a otro objeto,
un tiempo nos traslada a otro tiempo. De manera semejante, una reflexión
nos lleva a otra reflexión. Así, mientras Esther Ferrer
continúa enmudecida en su silla elaborando no sólo una peculiar
e imprevisible gramática de las cosas, sino transformándose
ella misma en pedestal de unas piezas cuyo museo no es otro que el de
la vida; mientras esto sucede, decimos, la paradójica huella de
Piero Manzoni –invertida, no obstante– deja sentir también
el peso de su presencia. Si a comienzos de 1961 el artista-enlatador había
elaborado sus bases mágicas con el fin de convertirlas en pedestales
de un cuerpo y de un mundo transmutados en obra, varias décadas
después, Esther Ferrer metamorfosea al artista en pedestal de una
obra que ya no se ubica necesariamente en el cuerpo. Ello no significa
que se rechace en modo alguno el papel artístico de éste
(pensemos, por ejemplo, en una performance como Íntimo y personal,
cuyo objetivo radica en la libre medición del cuerpo, ya sea el
propio o el de los demás, y en la que la artista nos recuerda con
ácida socarronería –dada la falocéntrica necesidad
de control y medición– que al ejecutar la misma "no
es imprescindible que los hombres se midan el sexo en erección
o no"). Lo que en verdad conlleva este trueque de pedestales es el
desplazamiento en las funciones del artista, unas funciones que, alejadas
ya de toda referencia romántico-demiúrgica, hacen que el
papel del mismo sufra un severo –y nunca gratuito– correctivo.
El artista –en este caso la artista– se limita a actuar como
simple soporte de su propia caducidad, anunciando paralelamente el ocaso
de su pretendido genio, un aspecto éste que determina el interés
con el que Esther Ferrer ha asumido siempre esa militancia por lo efímero
con la que se define su trabajo y su trayectoria.
Esta
búsqueda de lo que carece de substancia y peso –de aquello
que se muestra refractario al discurso de la gravedad– ya había
sido formulada por Cage al referirse a Duchamp. En un brevísimo
texto escrito por el músico norteamericano podemos leer : "Los
demás eran artistas. Duchamp recoge el polvo". Ante una afirmación
de esta índole poco más se puede añadir. Nuevamente
–aunque ahora respondiendo a resonancias zen–, el polvo vuelve
a surgir. Y junto a él, una vez más, también lo hace
Esther Ferrer, sentada sobre su silla y en silencio, mientras echa abajo
nuestros castillos de arena y nuestras fortalezas de ideas para invitarnos
–como no podría ser de otro modo– a que los objetos,
las acciones o el propio devenir temporal sean "un puro hacer leer
lo nunca escrito", un puro "hacer sonar lo nunca oído".
Desde esta perspectiva, la conquista de la levedad a la que esta sintaxis
objetual nos empuja, permite entrelazar el sentido de un discurso en el
que a través de la sucesión de objetos se intenta poner
de relieve no tanto lo que estos conllevan, como el propio hecho de que
los mismos acaecen, es decir, de que todos ellos se despliegan –y
erosionan– dentro de un espacio y dentro de un tiempo.
Es
el tránsito aquello que permite trazar los perfiles de las cosas
y lo que posibilita dibujarlas partiendo del contorno de su temporalidad.
Es el tiempo, otra vez, lo que constituye la dimensión en donde
éstas adquieren la frágil consistencia con la que se revisten,
una consistencia ilógica y absurda que hecha de claridad, sencillez
y austeridad no sólo afirma la existencia de un orden inestable
y efímero, sino la propia inutilidad de todo orden, la debilidad
de toda espesura, la circunstancialidad de todo acontecer. Sin embargo,
el tiempo en el que nos precipitamos cuando dejamos que nuestra existencia
–siquiera brevemente– sea compartida con estos objetos, no
es un tiempo que pueda ser adscrito al tiempo. La sucesión de instantes
en los que nos sumergimos y en los que, lejos de todo nombre, discurrimos
a través de una duración sin horas, marca el transcurso
de algo que no desea ser tiempo. Ese transcurso sucede en un espacio que
deambula entre lo físico y lo mental, un espacio que, ajeno a la
representación y a la teatralidad, nos muestra la necesidad del
despojamiento, la inevitabilidad del abandono, la exigencia del vacío.
El
tiempo surge como requisito objetual mediante el que la visión
se articula y completa. Su protagonismo, sin embargo, resulta más
que contradictorio, ya que lo que también caracteriza muchos de
los trabajos de Esther Ferrer es su acaso no premeditada –pero no
por ello menos improbable– posibilidad de finalización. Por
este motivo, piezas y acciones quedan aplazadas de una manera permanente
o, en el mejor de los casos, resueltamente olvidadas. Al respecto, por
ejemplo, cabe recordar no sólo algunas de las múltiples
obras vinculadas a la inabarcable serie de los Números primos o
a performances como Cara y cruz (en la que la artista inicia su acción
arrojando al público una serie de monedas pintadas a mano, con
el propósito de dar por concluida la performance el día
en que una de las mismas vuelva a sus manos), sino también propuestas
como la recogida en la Silla Zaj (en la que se invita al espectador/a
a sentarse en una silla hasta que la muerte les separe). Sin embargo,
pese a la importancia que en estos trabajos asume el factor temporal –ya
sea como elemento de clausura de la propia obra y/o como espejo de la
propia fatiga–, cuando aludimos a la presencia del tiempo en la
obra de Esther Ferrer, estamos haciendo referencia a otra cuestión.
Si
observamos un work in progress como el constituido por el Autorretrato
en el tiempo, podremos enfrentarnos a una temporalidad que, en parte,
se aproxima a esa poética del instante a la que la performance
empuja. Basados en la circunstancial simetría del propio rostro
y en la constante asimetría del tiempo, estos autorretratos plantean
en su estructura la conjunción de lo inestable a través
del equilibrio de lo cambiante. El rostro con el que nos identificamos
–ese rostro que también es centro de un centro vacío–
sólo es capaz de responder a la transformación, de ahí
que su perdurabilidad únicamente sea posible en la mutabilidad.
Partiendo de un contradictorio juego en el que identidades transitorias
se solapan con frágiles presencias, el trabajo de nuestra artista
asume tanto en sus fotoacciones y performances, como en sus objetos e
instalac(c)iones, una renovada orientación. El tiempo se transforma
en requerimiento de la mirada y las cosas en duración objetualizada.
El transcurso, por su parte, se disgrega y multiplica. Es por esta causa
por la que una vez más Cage hace su aparición: "Duchamp
mostró la utilidad de agregar algo (bigote). Rauschenberg mostró
la utilidad de quitar algo (De Kooning). Bueno, esperamos con ansia la
multiplicación y la división".
La
multiplicación y la división ya han llegado. El único
requisito necesario para percibirlas es saber que el saber es redundante,
un ejercicio éste que, pese a sus dificultades, Esther Ferrer viene
practicando desde su vinculación con ZAJ a partir de 1967. No es
extraño, por tanto, que en uno de sus análisis sobre el
grupo, el musicólogo Daniel Charles hiciera referencia a una anécdota
zen muy citada por Juan Hidalgo: "«Un hombre ilustrado»
fue un día a ver un Maestro Zen «para instruirse sobre esta
filosofía excepcional». El maestro le invitó amablemente
a tomar una taza de té mientras charlaban. Cuando el maestro terminó
de preparar el té según el estricto ceremonial ritual, comenzó
a llenar la taza de su visitante y continuó vertiendo el líquido
de un verde ambarino hasta que la taza se desbordó. Al ver que
no se paraba, el invitado incapaz de contenerse, exclamó: ¡Maestro,
mi taza está llena! A lo que el maestro respondió dejando
la tetera: «Como esta taza, estás lleno de tus propias teorías
y opiniones. ¿Cómo podré hacerte comprender el Zen,
si no empiezas, al menos por vaciar tu taza»".
Las
acciones de Esther Ferrer nos vacían y, al hacerlo, nos multiplican.
Quizás en este hecho radique la importancia de su silencio. Y quizás,
asimismo, sea en esta circunstancia donde hallemos la causa por la cual
quien ahora permanece sentada sobre una silla con un objeto sobre su cabeza
no es ya Esther Ferrer.
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